Estaba trabajando en mi casa en un silencio preciado y extraño cuando de repente oí ruidos provenientes de la cocina. Abrí los armarios y ví cómo se escondía tímidamente una cola tras la caja de avena.
No se cuántos Pérez habitan este viejo edificio, pero podría jurar que pasé el resto de la tarde con los pies apoyados en el descanso de la silla. Ni me calenté por llamar a un fumigador, ni comprar un gato, ni trampas con quesos. Me pregunto hasta dónde estará llegando mi dejadez empajerizada como para dejar que convivan con nosotros y hasta quizá organicen reuniones en la alfombra cuando no estamos en casa. Si le cuento, es capaz de mudarse a lo de su mamá otra vez, como pasó con las cucarachas. El apellido de quien vive conmigo desde hace dos años tiernos, supongo es obvio.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Show me the money