viernes, 13 de diciembre de 2013
Hace varios meses me borré la cuenta de Facebook. Y aunque a veces me gustaría chusmear qué hay de nuevo en la comunidad gigante y sacar al voyeur interminable que todos (TODOS) llevamos adentro, acabo desistiendo y prendiendo un faso para luego volver la vista hacia el balcón. Decidí resucitar este espacio, entre otras cosas por una enorme necesidad de dejar impresión en algún lugar, aunque permanezca inhabitado y nulo de lecturas. No estoy interesado en darlo a conocer como antes, decirle a la gente, eh puto, mirá lo que escribí. No. Basta de tanto narcisismo y deseos pelotudos de admiración.
Y como esto es una prueba nomás, nada, estoy probando. Testing. Try-in. Boa noite.
martes, 20 de abril de 2010
Impresiones
Las situciones difíciles hacen que uno se ponga más desesperado de lo normal.
Vas en el subte o en el auto corriendo y atrás, viene la desesperación. Te alcanza dos por tres, pero le das igual.
Rezos agitados, marchas interminables, letanías, y autojuicios rumbean en mambo selecto por la cabeza.
Yo no se tomarme las cosas con filosofía. Lo más crudo y rudo de esta vida no resigna filosofías, pero tampoco las deja fluir. Entonces todo se transforma. No importa tanto ni el dinero, ni las compañías ni los egos. Estamos absolutamente solos, por una sencilla razón: aire. Dios nos hizo libres, así como es el aire.
Siempre existen pantallas. Monitores, gente atrás de eso, gente adelante. Quiza es lo mismo, sólo que los genios del nuevo milenio lo hacen cada vez más táctil.
Mi mundo se terminó hace rato. Fue cuando decidí ejecutar una Voluntad que no es mía, que es de Otro, y casi siempre sale mal. Casi siempre. Sin embargo, la convicción sigue justificada, ajustada, a veces sin una sola razón a la vista. Y no, no puedo ver nada con los ojos. Para ver, hay que ejercitar otras cosas.
Dios me acompañe en estos días malos. Amén.
Vas en el subte o en el auto corriendo y atrás, viene la desesperación. Te alcanza dos por tres, pero le das igual.
Rezos agitados, marchas interminables, letanías, y autojuicios rumbean en mambo selecto por la cabeza.
Yo no se tomarme las cosas con filosofía. Lo más crudo y rudo de esta vida no resigna filosofías, pero tampoco las deja fluir. Entonces todo se transforma. No importa tanto ni el dinero, ni las compañías ni los egos. Estamos absolutamente solos, por una sencilla razón: aire. Dios nos hizo libres, así como es el aire.
Siempre existen pantallas. Monitores, gente atrás de eso, gente adelante. Quiza es lo mismo, sólo que los genios del nuevo milenio lo hacen cada vez más táctil.
Mi mundo se terminó hace rato. Fue cuando decidí ejecutar una Voluntad que no es mía, que es de Otro, y casi siempre sale mal. Casi siempre. Sin embargo, la convicción sigue justificada, ajustada, a veces sin una sola razón a la vista. Y no, no puedo ver nada con los ojos. Para ver, hay que ejercitar otras cosas.
Dios me acompañe en estos días malos. Amén.
martes, 23 de marzo de 2010
Monedas
Mi clienta vino a verme con la esperanza de que todo saliera un poco más barato y menos burocrático. Mi clienta tiene unas piernas larguísimas, un perfume sueco y gargantilla que atestigua un hijo varón.
Mayer la cruzó en las escaleras del edificio mientras salía y se dio vuelta para mirarla. Eso es lo que pasa con las mujeres bellas: tras de sí corre un instinto peligroso y deleitable a su vez. La mixtura es una bomba. Persona atractiva e inteligente, se traduce en persona peligrosa
"Ud. en verdad quiere esto? “Ya tomé la decisión”. Ok. Y pasamos revista a todo lo que llevó a la interminable sucesión de hechos y cohechos.
Las separaciones son "A" y los divorcios son "B". Son el Plan B. Me dan el OK, y ejecuto. Literalmente, ejecuto a una pareja, a un vínculo que quiso ser y que no fue.
Cuando estoy deprimido miro a mis cercanías. Las estaciones nunca se detienen en el tiempo y los libros tampoco. Recurro a los códigos civiles y me vuelvo a empapar en el yugo de algo completamente detestable y que –viento en contra-, desfavorece a mis ideales.
Siempre que recibo clientes que quieren el divorcio les pregunto si realmente saben en lo que se están metiendo, a cada uno por separado. Como cuando vas a casarte: el cura te pregunta si estás seguro. Y vos, con tu convicción humana más humana que nunca, asentís.
Y mi clienta estaba muy segura. Y dale, que tengo mucho que hacer hoy, y mirá la hora que se hizo, bla, y bla. Mi clienta me apura para que apure su divorcio.
Pasan tres semanas y el trago casi está listo. Trámites varios. Silencios.
Y me pasan una llamada urgentísima. Y es mi clienta, de nuevo. Que cómo van los trámites. Le contesto que ya está todo listo. Y percibo a través del tubo que ella traga saliva. No se quiere divorciar. No quiere ni los trámites, ni abandonar su casa, ni separarse de su (ex?) marido. Arrepentimiento y alivio. Desconcierto.
Yo no salvo parejas consumadas a punto de desconsumarse, para eso está el Señor.
A veces, como a todo el mundo le debe pasar, me pregunto para qué me metí en esto.
Persuadir a un juez, persuadir a una pareja, persuadirme a mí mismo creyendo que voy a favor de las cosas que moralmente están bien.
La mujer nunca logró olvidarse de un tipo. El tipo era un imbécil, pero naturalmente eso no importaba. A mayor imbecilidad, más barato se volvía el encanto de la mujer.
Tiempo después, ella formó pareja con un señor y pasaron los años. Se casaron y todo eso. Y el tipo aparecía de vez en cuando, siempre que la mujer se lo permitía. Era como un diablo. Aparece todo el tiempo, pero ingresa si haz de permitírselo. Y así lo hizo ella. Una, dos, diez veces. Su marido tenía un defecto interesante, que yo envidio, me vendría bárbaro para algunos casos: intuición. No hicieron falta muchas preguntas ni conjeturas para que el desmoronamiento de esa pareja que ya cumplía 6 años fuera inminente. El señor marido se sintió el hombre más imbécil del planeta y se fue. La mujer, convencida de que su amante era lo que ella en verdad quería, vino a verme. Divorcio, divorcio, y plata. Quiero mi plata, mi parte.
Y como pasa en Hollywood, la gente muestra la hilacha. Y la mujer, arrepentida, llorando, desesperada, me pide, me ruega que suspenda todo, sin entender un pito de leyes, firmas, y contrafirmas.
El señor marido vuelve de donde fue, y decidido, quiere divorciarse, efectivamente.
La mujer llora y empapa mi mesa de vidrio. Por un momento pienso que tiene ganas de reventarse la cara contra la misma. El hombre está dolido y fuma parado en un rincón. Su orgullo era un pura sangre. Galopaba feroz en sus venas, sin decir palabra alguna.
La mujer no rogó. Solamente lloró.
Cuando llegué a casa me quedé mirando su imágen. Ella estudiaba, y yo observaba su abstracción con las manos en los bolsillos.
Yem delató mi llegada. Y la cena y la película ulterior transcurrieron como si nada.
Mayer la cruzó en las escaleras del edificio mientras salía y se dio vuelta para mirarla. Eso es lo que pasa con las mujeres bellas: tras de sí corre un instinto peligroso y deleitable a su vez. La mixtura es una bomba. Persona atractiva e inteligente, se traduce en persona peligrosa
"Ud. en verdad quiere esto? “Ya tomé la decisión”. Ok. Y pasamos revista a todo lo que llevó a la interminable sucesión de hechos y cohechos.
Las separaciones son "A" y los divorcios son "B". Son el Plan B. Me dan el OK, y ejecuto. Literalmente, ejecuto a una pareja, a un vínculo que quiso ser y que no fue.
Cuando estoy deprimido miro a mis cercanías. Las estaciones nunca se detienen en el tiempo y los libros tampoco. Recurro a los códigos civiles y me vuelvo a empapar en el yugo de algo completamente detestable y que –viento en contra-, desfavorece a mis ideales.
Siempre que recibo clientes que quieren el divorcio les pregunto si realmente saben en lo que se están metiendo, a cada uno por separado. Como cuando vas a casarte: el cura te pregunta si estás seguro. Y vos, con tu convicción humana más humana que nunca, asentís.
Y mi clienta estaba muy segura. Y dale, que tengo mucho que hacer hoy, y mirá la hora que se hizo, bla, y bla. Mi clienta me apura para que apure su divorcio.
Pasan tres semanas y el trago casi está listo. Trámites varios. Silencios.
Y me pasan una llamada urgentísima. Y es mi clienta, de nuevo. Que cómo van los trámites. Le contesto que ya está todo listo. Y percibo a través del tubo que ella traga saliva. No se quiere divorciar. No quiere ni los trámites, ni abandonar su casa, ni separarse de su (ex?) marido. Arrepentimiento y alivio. Desconcierto.
Yo no salvo parejas consumadas a punto de desconsumarse, para eso está el Señor.
A veces, como a todo el mundo le debe pasar, me pregunto para qué me metí en esto.
Persuadir a un juez, persuadir a una pareja, persuadirme a mí mismo creyendo que voy a favor de las cosas que moralmente están bien.
La mujer nunca logró olvidarse de un tipo. El tipo era un imbécil, pero naturalmente eso no importaba. A mayor imbecilidad, más barato se volvía el encanto de la mujer.
Tiempo después, ella formó pareja con un señor y pasaron los años. Se casaron y todo eso. Y el tipo aparecía de vez en cuando, siempre que la mujer se lo permitía. Era como un diablo. Aparece todo el tiempo, pero ingresa si haz de permitírselo. Y así lo hizo ella. Una, dos, diez veces. Su marido tenía un defecto interesante, que yo envidio, me vendría bárbaro para algunos casos: intuición. No hicieron falta muchas preguntas ni conjeturas para que el desmoronamiento de esa pareja que ya cumplía 6 años fuera inminente. El señor marido se sintió el hombre más imbécil del planeta y se fue. La mujer, convencida de que su amante era lo que ella en verdad quería, vino a verme. Divorcio, divorcio, y plata. Quiero mi plata, mi parte.
Y como pasa en Hollywood, la gente muestra la hilacha. Y la mujer, arrepentida, llorando, desesperada, me pide, me ruega que suspenda todo, sin entender un pito de leyes, firmas, y contrafirmas.
El señor marido vuelve de donde fue, y decidido, quiere divorciarse, efectivamente.
La mujer llora y empapa mi mesa de vidrio. Por un momento pienso que tiene ganas de reventarse la cara contra la misma. El hombre está dolido y fuma parado en un rincón. Su orgullo era un pura sangre. Galopaba feroz en sus venas, sin decir palabra alguna.
La mujer no rogó. Solamente lloró.
Cuando llegué a casa me quedé mirando su imágen. Ella estudiaba, y yo observaba su abstracción con las manos en los bolsillos.
Yem delató mi llegada. Y la cena y la película ulterior transcurrieron como si nada.
viernes, 12 de febrero de 2010
Identidades
Es notable la esencia que toman las cosas cuando están a punto de terminarse.
Mayer y Claris (parecían una sociedad de fomento) llevaban 7 años tan intrincados como intensos. Las cosas nunca eran lo que parecían ser cuando lo mirabas desde afuera. Por ejemplo, si organizaban algo en su casa y había pocos invitados, se los veía en una armonía envidiable hasta por lo monjes tibetanos. El aire estaba perfumado, casi todo era blanco y ellos parecían estar felices e inmersos en su mundo conyugal. Ese que cuando parece bien mantenido anula el espacio para terceros, cuartos o quintos. Ese que repudia la vanagloria de los egos, y comprime los deseos en una sola cosa, que No es terrenal. Incluso hasta los demonios correrían disparados al verlos unidos en ese contexto especial.
Mayer estaba lleno de proyectos. Tenía 30 años cuando finalmente le dio revancha a su vida galopante y pudo emprender por primera vez un negocio exitoso y prometedor. Se había pasado los últimos doce años de su vida trrabajando en cosas que le daban de comer, y solo de comer.
Claris venía de una familia pudiente del sur. Gente que andaba empetrolada pero sin ensuciarse la ropa. Gente sencilla, deseable, y envidiada bajo todos sus parámetros de condición. Quienes tenían tanto como ellos, envidiaban sus amistades. Quienes tenían amistades, envidiaban su dinero. Y quienes tenían ambos, implícitamente envidiaban su sencillez: algo muy difícil de conseguir cuando tu ropa huele a vainilla, tus libros huelen a dólares y todo el mundo te adora por lo que sos. De esa familia venía Claris.
Se cruzaron en un momento tríptico, con algunas vueltas, cosas no claras. De alguna manera los años fueron acomodando los dobleces y un día llegó una invitación a mi casa, color blanca.
Mayer y Claris organizaban otra vuelta de tuerca en sus vidas. En ese mometo yo todavía vivía en una avenida transitada, en Capital y Lupo me acompañaba en el dos ambientes. Mi mujer llegó más tarde y con sus libros de yoga aún en mano, miraba alegre la invitación blanca.
Y así fue, en algún agosto, por la tarde, algún emisario de Dios hizo bajar bendiciones a ambos, y quedó consumado lo que había que consumar.
Mayer estaba serio y el traje negro lo hacía verse aun más serio en medio de todo aquel despliegue.
Dos años después, Claris buscaba libros en la biblioteca donde yo me sentaba a estudiar los malditos CPS y tuvimos la charla más breve y dolorosa de nuestras vidas: "Esto no funciona..." clamó ella. "Tomaos un tiempo", clamé yo, contaminado por la lectura vasca. "No todo es lo que parece, vos me entendés." Claris se fue sombría y guardada en su abrigo.
Mayer daba forma a su negocio y moldeaba nuevas formas de existir. Los años anteriores le habían servido para curtirse como un gran simulador, un emulador, un artista artesano en relaciones públicas. Mayer era un ejemplo ideal de cómo ascender en tu vida: sus bases estaban en la calle, en la jungla y sus estratos mayores, los escalones, eran un fracaso y una vuelta a empezarlo todo de nuevo. La conjunción de todo aquel merengue trajo como resultado a un tipo de persona seguro y perseverante. Los libros y todo lo que estudió fueron solamente meras nubes dispersas en el mundo real.
Mayer era un mortal casi inmortal en sus negocios y en su forma de ver al mundo.
Claris no entendía mucho sobre cuestiones de lucha diaria, ni tampoco y mucho menos, financieras. La casa que habitaban estaba regida por algunos gustos desmesurados traídos de vaya uno a saber de dónde. Y en algún lado estaba el espacio de Mayer, el rincón mínimo que él mismo quiso preservar en memoria de sus luchas. Un montoncito de broncas aquí, un poco de delirios allá, papeles frustrados acá, y la cadena de éxitos en mueble que servía de archivo.
Pasaron otros dos años y Claris vino a ver a mi mujer. Yo trabajaba en mi tesis y cerré las puertas que daban al ambiente donde estaban ellas. Y otra vez ese fantasma escondido en el llanto de Claris.
Tuve que sacarme los lentes de estudiar y empezar a cerrar libros porque cada vez que algo se viene abajo en la vida de alguien o en la mía propia, no pude nunca cerrar la bocota y evitar intervenir. Lo de Claris estaba bastante claro: su familia y su mundo de adornos caros habían puesto sin querer, un velo eterno a la realidad. Buenos Aires puede ser una cuidad aristocrática en algún punto, pero de ningún modo es buen asilo para quien vivió en bosques perfumados y lagos desde la ventana de tu cuarto. Claris tuvo que adaptarse a Coto Digital, a trabajar en relación de dependencia como egresada de agronomía y a los exitos constantes y cada vez más acentuados de Mayer. Claris empezaba un lento proceso de autoboicot, y entre ambos, con sus egos luchando por la cúspide, fabricaban sin saber lentamente una bomba de tiempo.
Con los meses empezaron los reproches, los ataques de celos de ambos, las enfermedades psíquicas, y aquella unión consumada años antes terminó pendiendo de un hilo de otro hilo, de otro hilo aun más finito.
Pasaron seis años en total con un remaining indeterminado. Mayer hizo una valija a raíz de un ataque de celos y se fue. Claris, en lugar de esperar alguna respuesta inteligente por parte del error de Mayer, también hizo su valija y rumbeó para el sur. Meses más tarde, se reconciliaron y volvieron a su casa a desempolvar lo que nadie más que ellos habían dejado de tocar. "Una casa inhabitada acumula cosas", escucho a mi mujer sin entender un pomo. Y probablemete tiene razón. Algo se juntó en ese espacio en donde antes todo era blanco y perfumado y se quedó para instalarse. Claris vino unos días a casa mientras Mayer comenzaba a saltar de psicólogo en psicólogo. La revuelta habrá durado seis, siete meses. La personalidad de ambos jamás fue compatible, aunque puedo jurar que el amor que se profesaban era tan puro y tan intenso que yo también supe incluirme en la lista de sus envidiosos alguna vez.
Claris era la armonía, lo bello, el equilibrio. Mayer era el contenedor, el audaz, el "empecemos de nuevo", quizá acostumbrado a su viejo modus operandi cuando las cosas iban mal en su lucha por sobrevivir.
Y Dios seguramente habría querido, pero ellos no.
Mayer vino a verme con algunos papeles y cara de cansado a mi trabajo y se plantó: "Divorcio".
Una hora después hablaba con un colega de lo largo que había sido mi día mientras miraba a la lluvia suicidarse contra las ventanas del piso 11 de mi lugar de trabajo y descubrí una vez más de lo pequeño que es este mundo y esta cuidad: Claris había ido a verlo a él, solicitando lo mismo.
Llegué a casa y no había nadie salvo Yem, que clamaba por comida. Me desplomé en el mismo sillón en donde Claris había llorado dos años atrás y vaya a saber porqué, dirigí la vista a una cruz pequeña clavada en una pared de mi casa, entre cuadros de pintura sin terminar.
Mi mujer llegó tarde sin decir palabra. Y no pude más que emprender la retirada, a desvanecerme en la cama y empezar a apartar demonios. Les encanta molestar a cualquier hora, pero creo que esa es su predilecta; cuando estás a punto de cerrar los ojos.
Un vade retro, dedicado a todas las miles de parejas que están masticando desamor, dejadez, hastío.
Buenas noches.
Mayer y Claris (parecían una sociedad de fomento) llevaban 7 años tan intrincados como intensos. Las cosas nunca eran lo que parecían ser cuando lo mirabas desde afuera. Por ejemplo, si organizaban algo en su casa y había pocos invitados, se los veía en una armonía envidiable hasta por lo monjes tibetanos. El aire estaba perfumado, casi todo era blanco y ellos parecían estar felices e inmersos en su mundo conyugal. Ese que cuando parece bien mantenido anula el espacio para terceros, cuartos o quintos. Ese que repudia la vanagloria de los egos, y comprime los deseos en una sola cosa, que No es terrenal. Incluso hasta los demonios correrían disparados al verlos unidos en ese contexto especial.
Mayer estaba lleno de proyectos. Tenía 30 años cuando finalmente le dio revancha a su vida galopante y pudo emprender por primera vez un negocio exitoso y prometedor. Se había pasado los últimos doce años de su vida trrabajando en cosas que le daban de comer, y solo de comer.
Claris venía de una familia pudiente del sur. Gente que andaba empetrolada pero sin ensuciarse la ropa. Gente sencilla, deseable, y envidiada bajo todos sus parámetros de condición. Quienes tenían tanto como ellos, envidiaban sus amistades. Quienes tenían amistades, envidiaban su dinero. Y quienes tenían ambos, implícitamente envidiaban su sencillez: algo muy difícil de conseguir cuando tu ropa huele a vainilla, tus libros huelen a dólares y todo el mundo te adora por lo que sos. De esa familia venía Claris.
Se cruzaron en un momento tríptico, con algunas vueltas, cosas no claras. De alguna manera los años fueron acomodando los dobleces y un día llegó una invitación a mi casa, color blanca.
Mayer y Claris organizaban otra vuelta de tuerca en sus vidas. En ese mometo yo todavía vivía en una avenida transitada, en Capital y Lupo me acompañaba en el dos ambientes. Mi mujer llegó más tarde y con sus libros de yoga aún en mano, miraba alegre la invitación blanca.
Y así fue, en algún agosto, por la tarde, algún emisario de Dios hizo bajar bendiciones a ambos, y quedó consumado lo que había que consumar.
Mayer estaba serio y el traje negro lo hacía verse aun más serio en medio de todo aquel despliegue.
Dos años después, Claris buscaba libros en la biblioteca donde yo me sentaba a estudiar los malditos CPS y tuvimos la charla más breve y dolorosa de nuestras vidas: "Esto no funciona..." clamó ella. "Tomaos un tiempo", clamé yo, contaminado por la lectura vasca. "No todo es lo que parece, vos me entendés." Claris se fue sombría y guardada en su abrigo.
Mayer daba forma a su negocio y moldeaba nuevas formas de existir. Los años anteriores le habían servido para curtirse como un gran simulador, un emulador, un artista artesano en relaciones públicas. Mayer era un ejemplo ideal de cómo ascender en tu vida: sus bases estaban en la calle, en la jungla y sus estratos mayores, los escalones, eran un fracaso y una vuelta a empezarlo todo de nuevo. La conjunción de todo aquel merengue trajo como resultado a un tipo de persona seguro y perseverante. Los libros y todo lo que estudió fueron solamente meras nubes dispersas en el mundo real.
Mayer era un mortal casi inmortal en sus negocios y en su forma de ver al mundo.
Claris no entendía mucho sobre cuestiones de lucha diaria, ni tampoco y mucho menos, financieras. La casa que habitaban estaba regida por algunos gustos desmesurados traídos de vaya uno a saber de dónde. Y en algún lado estaba el espacio de Mayer, el rincón mínimo que él mismo quiso preservar en memoria de sus luchas. Un montoncito de broncas aquí, un poco de delirios allá, papeles frustrados acá, y la cadena de éxitos en mueble que servía de archivo.
Pasaron otros dos años y Claris vino a ver a mi mujer. Yo trabajaba en mi tesis y cerré las puertas que daban al ambiente donde estaban ellas. Y otra vez ese fantasma escondido en el llanto de Claris.
Tuve que sacarme los lentes de estudiar y empezar a cerrar libros porque cada vez que algo se viene abajo en la vida de alguien o en la mía propia, no pude nunca cerrar la bocota y evitar intervenir. Lo de Claris estaba bastante claro: su familia y su mundo de adornos caros habían puesto sin querer, un velo eterno a la realidad. Buenos Aires puede ser una cuidad aristocrática en algún punto, pero de ningún modo es buen asilo para quien vivió en bosques perfumados y lagos desde la ventana de tu cuarto. Claris tuvo que adaptarse a Coto Digital, a trabajar en relación de dependencia como egresada de agronomía y a los exitos constantes y cada vez más acentuados de Mayer. Claris empezaba un lento proceso de autoboicot, y entre ambos, con sus egos luchando por la cúspide, fabricaban sin saber lentamente una bomba de tiempo.
Con los meses empezaron los reproches, los ataques de celos de ambos, las enfermedades psíquicas, y aquella unión consumada años antes terminó pendiendo de un hilo de otro hilo, de otro hilo aun más finito.
Pasaron seis años en total con un remaining indeterminado. Mayer hizo una valija a raíz de un ataque de celos y se fue. Claris, en lugar de esperar alguna respuesta inteligente por parte del error de Mayer, también hizo su valija y rumbeó para el sur. Meses más tarde, se reconciliaron y volvieron a su casa a desempolvar lo que nadie más que ellos habían dejado de tocar. "Una casa inhabitada acumula cosas", escucho a mi mujer sin entender un pomo. Y probablemete tiene razón. Algo se juntó en ese espacio en donde antes todo era blanco y perfumado y se quedó para instalarse. Claris vino unos días a casa mientras Mayer comenzaba a saltar de psicólogo en psicólogo. La revuelta habrá durado seis, siete meses. La personalidad de ambos jamás fue compatible, aunque puedo jurar que el amor que se profesaban era tan puro y tan intenso que yo también supe incluirme en la lista de sus envidiosos alguna vez.
Claris era la armonía, lo bello, el equilibrio. Mayer era el contenedor, el audaz, el "empecemos de nuevo", quizá acostumbrado a su viejo modus operandi cuando las cosas iban mal en su lucha por sobrevivir.
Y Dios seguramente habría querido, pero ellos no.
Mayer vino a verme con algunos papeles y cara de cansado a mi trabajo y se plantó: "Divorcio".
Una hora después hablaba con un colega de lo largo que había sido mi día mientras miraba a la lluvia suicidarse contra las ventanas del piso 11 de mi lugar de trabajo y descubrí una vez más de lo pequeño que es este mundo y esta cuidad: Claris había ido a verlo a él, solicitando lo mismo.
Llegué a casa y no había nadie salvo Yem, que clamaba por comida. Me desplomé en el mismo sillón en donde Claris había llorado dos años atrás y vaya a saber porqué, dirigí la vista a una cruz pequeña clavada en una pared de mi casa, entre cuadros de pintura sin terminar.
Mi mujer llegó tarde sin decir palabra. Y no pude más que emprender la retirada, a desvanecerme en la cama y empezar a apartar demonios. Les encanta molestar a cualquier hora, pero creo que esa es su predilecta; cuando estás a punto de cerrar los ojos.
Un vade retro, dedicado a todas las miles de parejas que están masticando desamor, dejadez, hastío.
Buenas noches.
lunes, 4 de enero de 2010
Zeith
Bienvenido. Tu mundo real es este. Te tiran un anzuelo y picás. Todo el tiempo. Tu trabajo, tu dinero, tu campera, tu amor, tu deseo, tu alma podrida en pedazos, tu desarraigo, tu tiempo.
¿Cómo perdemos tanto tiempo? ¿Se han vuelto locos estos mercaderes de mierda que nos pasan factura todas las noches a las 23? La hora crítica. Cuando ya no estás tan despierto, tampoco dormido.
"Fulano De Tal y Pierdo el Tiempo A Mansalva ahora son amigos."
"A Fulano De Tal le gusta el estado de Pierdo el Tiempo."
Los cuentos chinos, irlandeses y argentinos comentan que en las noches de Nochebuena se organizan aquelarres en todo el mundo. Puertas adentro, miles de brujos invocan, escupen, provocan, se desgarran las tripas por la Nueva Venida. Y vomitan sus broncas, sus maldiciones. Y aunque para mí no sean cuentos, el mundo entero está cagado de risa. El concepto de "cuento" perdió status. Es un cuento, algo que alguien inventó para entretener.
Desde que vivo en la provincia de Buenos Aires se me cambiaron tres cosas: el modo en que duermo, el modo en que despierto, y el modo en que hablo.
Y en términos generales, veo a la calle tan distinta, pero tan tan tan. Veo la cantidad de gente que va por la vida con los ojos secos, las mentes poseídas; legiones de almas en un constante pendular entre lo blanco y lo negro.
Es que es inevitable permanecer, vivir, crecer, en este estado de grises. Todavía quedan resabios del estado festivo en casa. Buscapieles somos todos, más o menos. La soltera que vive sola en su dos ambientes apaga la luz y se mete miedo a sí misma, sería terrible estallar sola del mismo modo dentro de diez años más. Las parejas añoran libertad, el sueño de gloria. Esa libertad mezquina, con poco espacio para los pies de ambos.
El Arriba y el abajo siguen en batalla, y esta noche, querida, quisiera poder volver a los tiempos en que todo nos parecía más liviano. Nos parecía. En realidad, no hay nada de liviano en nada. El peso de las cosas nos pertenece, lo imponemos nosotros. Devaluado, o no.
¿Cómo perdemos tanto tiempo? ¿Se han vuelto locos estos mercaderes de mierda que nos pasan factura todas las noches a las 23? La hora crítica. Cuando ya no estás tan despierto, tampoco dormido.
"Fulano De Tal y Pierdo el Tiempo A Mansalva ahora son amigos."
"A Fulano De Tal le gusta el estado de Pierdo el Tiempo."
Los cuentos chinos, irlandeses y argentinos comentan que en las noches de Nochebuena se organizan aquelarres en todo el mundo. Puertas adentro, miles de brujos invocan, escupen, provocan, se desgarran las tripas por la Nueva Venida. Y vomitan sus broncas, sus maldiciones. Y aunque para mí no sean cuentos, el mundo entero está cagado de risa. El concepto de "cuento" perdió status. Es un cuento, algo que alguien inventó para entretener.
Desde que vivo en la provincia de Buenos Aires se me cambiaron tres cosas: el modo en que duermo, el modo en que despierto, y el modo en que hablo.
Y en términos generales, veo a la calle tan distinta, pero tan tan tan. Veo la cantidad de gente que va por la vida con los ojos secos, las mentes poseídas; legiones de almas en un constante pendular entre lo blanco y lo negro.
Es que es inevitable permanecer, vivir, crecer, en este estado de grises. Todavía quedan resabios del estado festivo en casa. Buscapieles somos todos, más o menos. La soltera que vive sola en su dos ambientes apaga la luz y se mete miedo a sí misma, sería terrible estallar sola del mismo modo dentro de diez años más. Las parejas añoran libertad, el sueño de gloria. Esa libertad mezquina, con poco espacio para los pies de ambos.
El Arriba y el abajo siguen en batalla, y esta noche, querida, quisiera poder volver a los tiempos en que todo nos parecía más liviano. Nos parecía. En realidad, no hay nada de liviano en nada. El peso de las cosas nos pertenece, lo imponemos nosotros. Devaluado, o no.
miércoles, 21 de octubre de 2009
La estupidez que triunfa
Dije una mentira muy pelotuda y completamente innecesaria a una persona que no lo merecía en absoluto. Es una persona amorosa, que destila encanto y curiosidad, y le mentí. Al pedo.
Hoy me da verguenza ser yo.
Mirtha, filmame, Mirtha.
Hoy me da verguenza ser yo.
Mirtha, filmame, Mirtha.
lunes, 12 de octubre de 2009
Tango
Alguno me dirá que lo platónico es irreversible. Probablemente tenga razón. Probé la crema...y siempre hay un resabio, un gusto por lo perdido, por lo que no fue.
La semana pasada me encontré con un viejo amor que arrastré durante años en un lugar común. Había que cerrar un negocio y como habían algunas personas más entre nosotros, el encuentro resultó chispeante y fugaz. No hubo miradas ni roces extraordinarios, aunque no podía dejar de sentir esa típica inercia que uno tiene cuando hubo alguna química insoluble entre dos. Me resultaba dificultoso y quizá hasta molesto, apartar la mirada de su cabello, su cintura, sus mejillas, su boca, sus piernas.
Al cierre de la reunión amigable yo tenía que volver a Capital y por esas casualidades (putas) de la vida, ella también. Subimos al auto y hablamos mucho de nada. Evité mirarle, seguir el contorno de las piernas semidesnudas acariciarse entre sí y todo rejunte de sensaciones que estallaban en mi cabeza.
La dejé en la puerta de un edificio donde la esperaba un muchacho al quien saludó en la boca con su posterior abrazo correspondiente. Tampoco pude evitar volver a casa y pensar en lo hermoso de su cuadro.
Supongo que todos tenemos este delirio. Supongo que las cosas platónicas, por más que resulten adulterables, preponderantes, solubles, avejentadas, son inmortales.
Mi mujer esperaba en casa leyendo libros de yoga. Fui a la terraza a escaparme un rato más y a cantar algunas canciones de Bajofondo a modo de souvenir. Así son las cosas.
La semana pasada me encontré con un viejo amor que arrastré durante años en un lugar común. Había que cerrar un negocio y como habían algunas personas más entre nosotros, el encuentro resultó chispeante y fugaz. No hubo miradas ni roces extraordinarios, aunque no podía dejar de sentir esa típica inercia que uno tiene cuando hubo alguna química insoluble entre dos. Me resultaba dificultoso y quizá hasta molesto, apartar la mirada de su cabello, su cintura, sus mejillas, su boca, sus piernas.
Al cierre de la reunión amigable yo tenía que volver a Capital y por esas casualidades (putas) de la vida, ella también. Subimos al auto y hablamos mucho de nada. Evité mirarle, seguir el contorno de las piernas semidesnudas acariciarse entre sí y todo rejunte de sensaciones que estallaban en mi cabeza.
La dejé en la puerta de un edificio donde la esperaba un muchacho al quien saludó en la boca con su posterior abrazo correspondiente. Tampoco pude evitar volver a casa y pensar en lo hermoso de su cuadro.
Supongo que todos tenemos este delirio. Supongo que las cosas platónicas, por más que resulten adulterables, preponderantes, solubles, avejentadas, son inmortales.
Mi mujer esperaba en casa leyendo libros de yoga. Fui a la terraza a escaparme un rato más y a cantar algunas canciones de Bajofondo a modo de souvenir. Así son las cosas.
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