lunes, 12 de octubre de 2009

Tango

Alguno me dirá que lo platónico es irreversible. Probablemente tenga razón. Probé la crema...y siempre hay un resabio, un gusto por lo perdido, por lo que no fue.
La semana pasada me encontré con un viejo amor que arrastré durante años en un lugar común. Había que cerrar un negocio y como habían algunas personas más entre nosotros, el encuentro resultó chispeante y fugaz. No hubo miradas ni roces extraordinarios, aunque no podía dejar de sentir esa típica inercia que uno tiene cuando hubo alguna química insoluble entre dos. Me resultaba dificultoso y quizá hasta molesto, apartar la mirada de su cabello, su cintura, sus mejillas, su boca, sus piernas.
Al cierre de la reunión amigable yo tenía que volver a Capital y por esas casualidades (putas) de la vida, ella también. Subimos al auto y hablamos mucho de nada. Evité mirarle, seguir el contorno de las piernas semidesnudas acariciarse entre sí y todo rejunte de sensaciones que estallaban en mi cabeza.
La dejé en la puerta de un edificio donde la esperaba un muchacho al quien saludó en la boca con su posterior abrazo correspondiente. Tampoco pude evitar volver a casa y pensar en lo hermoso de su cuadro.
Supongo que todos tenemos este delirio. Supongo que las cosas platónicas, por más que resulten adulterables, preponderantes, solubles, avejentadas, son inmortales.
Mi mujer esperaba en casa leyendo libros de yoga. Fui a la terraza a escaparme un rato más y a cantar algunas canciones de Bajofondo a modo de souvenir. Así son las cosas.

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