miércoles, 16 de septiembre de 2009

Lupo

Hace dos años compramos una casa del siglo pasado hecha mierda en las afueras de la cuidad. Con el tiempo y la plata y la rotura de culo de ambos la fuimos refaccionando, le hicimos cosas de a poco hasta que quedó habitable. El barrio es tranquilo y estábamos contentos hasta ayer.
Nuestra siberiana tuvo siberianitos. Tres. Al principio fueron cuatro pero uno nació muerto. Cuando llevé los tres cachorros vivos al veterinario, el tipo me miró como con desconfianza, me dijo: "¿Está seguro que son siberianos...?" Y entonces hubo un silencio prolongado.

Antes, cuando éramos más chicos de lo que somos ahora, íbamos al campo a boludear. Mi tío llevaba encima una carabina "paque nadie moleste..." y nosotros (2 hermanos, un primo y dos primas), hacíamos fogón.
Un día de 1992 estaba fresco por la zona de Chacay Huaruca (todos fuimos nativos de Bariloche, Chacay es un pueblo al sur de esa cuidad) y escuché a lo lejos un gemido que no era ni de gato ni de perro ni de avestruz. Lo seguí con los oídos y en 20 minutos tenía a la vista un flor de lobo salvaje atrapado en una trampa de esas que ponen los cazadores para las liebres o conejos o lo que sea. El tipo se había acercado para olfatear nomás, y ahí quedó su pata trasera derecha, atorada y sangrante. No podía salir, se moría, y a mí me dio pena. Tanta como para correr a buscar al resto y luchar con el propósito de que me ayudaran a sacar al lobo de ahí, que yo me lo llevo a casa y lo curo y le damos la comida del perro y me las arreglo con mamá y eso. Por suerte mi tío estaba bastante loco y no solo exortó a todos con la idea de "salvar al lobo", sino que también se tomó el trabajo de convencer a mi vieja de tenerlo en casa. Cualquier quilombo que hiciera el lobo, chau. Y así fue: Lupo se quedó en casa durante 8 años, se cagó varias veces a tortazos con el perro de la familia, y haciendo acopio de su salvajismo nunca se despegaba de la parrilla cuando metíamos la carne cruda y salada para el asado.
En el 2000 me lo traje a Buenos Aires y lo metimos a vivir con nosotros en un 2 ambientes. Dormía en la cocina y ya estaba más perro que lobo. Me explico, ¿no? Fundación Vida Silvestre Argentina jodió -con justa razón- durante meses para que lo devolviéramos a su hábitat natural y ante nuestra negativa rotunda, avalada por veterinarios varios, nos instó a meterlo al Zoo de Buenos Aires. Lupo ya tenía sus "documentos", certificados de vacuna, y todo eso que hay que mostrar cuando un vecino se queja de que tenés a un lobo en tu depto. Para el 2002 mi vieja se mudó a una casa muy grande por zona norte, sola. Mi padre había fallecido en Bariloche y ya no quería vivir en aquella casa. Y se imaginó que Lupo podía ser un gran compañero de guardia. Dicho y hecho: lo llevamos a la nueva casa y Lupo estaba que explotaba de alegría. Corría por el patio, libre. Se trepaba a los árboles, aullaba de noche, y se comía todo. Siempre conservó ese olor tan particular de animal salvaje. Una mezcla de pino de bosque frío y sudor.
Hace un mes nos mudamos a nuestra casa "nueva" y Lupo vino con nosotros. Y otra vez lo mismo, correr, joder a los gatos, espantar a los perros y meter miedo cada vez que lo sacábamos a la calle. Meter miedo es una forma de decir, porque el lobo jamás mordió a nadie. Se ponía un poco tenso por las noches, que según dicen, es cuando el instinto los agarra y los hace sentir salvajes-posta.
Lupo tenía la costumbre de salir disparado cada vez que abríamos el garage para sacar o guardar el auto. Mi mujer lo llamaba y se paraba en seco, como esperando una buena cagada a pedos. Los vecinos ya habían hecho varios reclamos y preguntas, a las que simplemente decíamos "es un siberiano, solo que hace mucho no le cortamos el pelo". Mi vieja le había conseguido una compañera divina, Yem, una siberiana con pedigree y todo eso que hacen que un perro sea posta. Hermosa. Y Lupo hizo lo suyo, y Yem quedó preñada. Pensábamos que la mezcla de un lobo con un siberiano no podía variar mucho, pero sí. Varía. Bastante.
El martes volvía caminando del supermercado y vi a Lupo desde lejos. Estaba a dos cuadras de mi casa. Se quedó mirándome fijo y distinguí la silueta de mi mujer que había salido a regar plantas. Cuando Lupo me reconoció, obviamente salió disparado en mi dirección, sacando la lengua y moviendo la cola. Lo veía acercarse casi a los saltos y grité. Mi mujer gritó más fuerte, pero Lupo no miró ni a sus costados ni hacia atrás. Un auto lo estampó con un ruido seco y lo vi volar y caer pesadamente en el asfalto.
Pasamos toda la noche llorando en la veterinaria mientras Lupo, intuyo, se despedía de a poquito. Y se fue nomás. Al cielo de lo lobos. Nos dejó tres lobeznos y a una Yem desconsolada que lo busca por toda la casa y que no quiere comer.
FVSA quizá tenía razón. O el Zoo tenía razón. Pero ya era mucho.
Lupo nos dio lo que nadie en esta tierra nos da a los humanos, salvo los animales: la alegría en peso bruto, con solo verte desde lejos; y la certeza de que el animal no miente jamás en su adoración por la vida y las cosas nobles. El desconocimiento total de la traición.
Gracias Lupo.

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