Es notable la esencia que toman las cosas cuando están a punto de terminarse.
Mayer y Claris (parecían una sociedad de fomento) llevaban 7 años tan intrincados como intensos. Las cosas nunca eran lo que parecían ser cuando lo mirabas desde afuera. Por ejemplo, si organizaban algo en su casa y había pocos invitados, se los veía en una armonía envidiable hasta por lo monjes tibetanos. El aire estaba perfumado, casi todo era blanco y ellos parecían estar felices e inmersos en su mundo conyugal. Ese que cuando parece bien mantenido anula el espacio para terceros, cuartos o quintos. Ese que repudia la vanagloria de los egos, y comprime los deseos en una sola cosa, que No es terrenal. Incluso hasta los demonios correrían disparados al verlos unidos en ese contexto especial.
Mayer estaba lleno de proyectos. Tenía 30 años cuando finalmente le dio revancha a su vida galopante y pudo emprender por primera vez un negocio exitoso y prometedor. Se había pasado los últimos doce años de su vida trrabajando en cosas que le daban de comer, y solo de comer.
Claris venía de una familia pudiente del sur. Gente que andaba empetrolada pero sin ensuciarse la ropa. Gente sencilla, deseable, y envidiada bajo todos sus parámetros de condición. Quienes tenían tanto como ellos, envidiaban sus amistades. Quienes tenían amistades, envidiaban su dinero. Y quienes tenían ambos, implícitamente envidiaban su sencillez: algo muy difícil de conseguir cuando tu ropa huele a vainilla, tus libros huelen a dólares y todo el mundo te adora por lo que sos. De esa familia venía Claris.
Se cruzaron en un momento tríptico, con algunas vueltas, cosas no claras. De alguna manera los años fueron acomodando los dobleces y un día llegó una invitación a mi casa, color blanca.
Mayer y Claris organizaban otra vuelta de tuerca en sus vidas. En ese mometo yo todavía vivía en una avenida transitada, en Capital y Lupo me acompañaba en el dos ambientes. Mi mujer llegó más tarde y con sus libros de yoga aún en mano, miraba alegre la invitación blanca.
Y así fue, en algún agosto, por la tarde, algún emisario de Dios hizo bajar bendiciones a ambos, y quedó consumado lo que había que consumar.
Mayer estaba serio y el traje negro lo hacía verse aun más serio en medio de todo aquel despliegue.
Dos años después, Claris buscaba libros en la biblioteca donde yo me sentaba a estudiar los malditos CPS y tuvimos la charla más breve y dolorosa de nuestras vidas: "Esto no funciona..." clamó ella. "Tomaos un tiempo", clamé yo, contaminado por la lectura vasca. "No todo es lo que parece, vos me entendés." Claris se fue sombría y guardada en su abrigo.
Mayer daba forma a su negocio y moldeaba nuevas formas de existir. Los años anteriores le habían servido para curtirse como un gran simulador, un emulador, un artista artesano en relaciones públicas. Mayer era un ejemplo ideal de cómo ascender en tu vida: sus bases estaban en la calle, en la jungla y sus estratos mayores, los escalones, eran un fracaso y una vuelta a empezarlo todo de nuevo. La conjunción de todo aquel merengue trajo como resultado a un tipo de persona seguro y perseverante. Los libros y todo lo que estudió fueron solamente meras nubes dispersas en el mundo real.
Mayer era un mortal casi inmortal en sus negocios y en su forma de ver al mundo.
Claris no entendía mucho sobre cuestiones de lucha diaria, ni tampoco y mucho menos, financieras. La casa que habitaban estaba regida por algunos gustos desmesurados traídos de vaya uno a saber de dónde. Y en algún lado estaba el espacio de Mayer, el rincón mínimo que él mismo quiso preservar en memoria de sus luchas. Un montoncito de broncas aquí, un poco de delirios allá, papeles frustrados acá, y la cadena de éxitos en mueble que servía de archivo.
Pasaron otros dos años y Claris vino a ver a mi mujer. Yo trabajaba en mi tesis y cerré las puertas que daban al ambiente donde estaban ellas. Y otra vez ese fantasma escondido en el llanto de Claris.
Tuve que sacarme los lentes de estudiar y empezar a cerrar libros porque cada vez que algo se viene abajo en la vida de alguien o en la mía propia, no pude nunca cerrar la bocota y evitar intervenir. Lo de Claris estaba bastante claro: su familia y su mundo de adornos caros habían puesto sin querer, un velo eterno a la realidad. Buenos Aires puede ser una cuidad aristocrática en algún punto, pero de ningún modo es buen asilo para quien vivió en bosques perfumados y lagos desde la ventana de tu cuarto. Claris tuvo que adaptarse a Coto Digital, a trabajar en relación de dependencia como egresada de agronomía y a los exitos constantes y cada vez más acentuados de Mayer. Claris empezaba un lento proceso de autoboicot, y entre ambos, con sus egos luchando por la cúspide, fabricaban sin saber lentamente una bomba de tiempo.
Con los meses empezaron los reproches, los ataques de celos de ambos, las enfermedades psíquicas, y aquella unión consumada años antes terminó pendiendo de un hilo de otro hilo, de otro hilo aun más finito.
Pasaron seis años en total con un remaining indeterminado. Mayer hizo una valija a raíz de un ataque de celos y se fue. Claris, en lugar de esperar alguna respuesta inteligente por parte del error de Mayer, también hizo su valija y rumbeó para el sur. Meses más tarde, se reconciliaron y volvieron a su casa a desempolvar lo que nadie más que ellos habían dejado de tocar. "Una casa inhabitada acumula cosas", escucho a mi mujer sin entender un pomo. Y probablemete tiene razón. Algo se juntó en ese espacio en donde antes todo era blanco y perfumado y se quedó para instalarse. Claris vino unos días a casa mientras Mayer comenzaba a saltar de psicólogo en psicólogo. La revuelta habrá durado seis, siete meses. La personalidad de ambos jamás fue compatible, aunque puedo jurar que el amor que se profesaban era tan puro y tan intenso que yo también supe incluirme en la lista de sus envidiosos alguna vez.
Claris era la armonía, lo bello, el equilibrio. Mayer era el contenedor, el audaz, el "empecemos de nuevo", quizá acostumbrado a su viejo modus operandi cuando las cosas iban mal en su lucha por sobrevivir.
Y Dios seguramente habría querido, pero ellos no.
Mayer vino a verme con algunos papeles y cara de cansado a mi trabajo y se plantó: "Divorcio".
Una hora después hablaba con un colega de lo largo que había sido mi día mientras miraba a la lluvia suicidarse contra las ventanas del piso 11 de mi lugar de trabajo y descubrí una vez más de lo pequeño que es este mundo y esta cuidad: Claris había ido a verlo a él, solicitando lo mismo.
Llegué a casa y no había nadie salvo Yem, que clamaba por comida. Me desplomé en el mismo sillón en donde Claris había llorado dos años atrás y vaya a saber porqué, dirigí la vista a una cruz pequeña clavada en una pared de mi casa, entre cuadros de pintura sin terminar.
Mi mujer llegó tarde sin decir palabra. Y no pude más que emprender la retirada, a desvanecerme en la cama y empezar a apartar demonios. Les encanta molestar a cualquier hora, pero creo que esa es su predilecta; cuando estás a punto de cerrar los ojos.
Un vade retro, dedicado a todas las miles de parejas que están masticando desamor, dejadez, hastío.
Buenas noches.
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